http://www.rionegro.com.ar/diario/opinion/editorial.aspx?idcat=9542&tipo=8
Para casi todos los demás países, una tasa de crecimiento económico anual del
7,5% sería motivo de celebración, pero para China se trata de una cifra muy
inquietante. Desde hace años el gobierno mismo insiste en que si es inferior al
8% los problemas sociales resultantes serían inmanejables, razón por la cual ha
estado dispuesto a ir a virtualmente cualquier extremo para estimular la
economía, inyectando en ella cantidades astronómicas de yuanes y ordenando a
los bancos repartir créditos sin preocuparse por las eventuales deficiencias de
las empresas favorecidas, imitando de tal modo a aquellas instituciones norteamericanas
y europeas que, con el aval de políticos deseosos de hacer gala de su
sensibilidad social, antes de la gran crisis financiera del 2008, prestaban
dinero a personas que resultarían ser incapaces de devolverlo. No sorprende,
pues, que algunos economistas occidentales hayan advertido que China podría
compartir la experiencia de otros países que no reaccionaron a tiempo para
impedir que una burbuja financiera adquiriera dimensiones tan enormes que su
estallido tendría repercusiones muy fuertes en el resto de la economía mundial.
Aunque China sigue siendo un país pobre, merced a su magnitud demográfica se ha
erigido en una potencia comercial tan importante que, si dejara de crecer al
ritmo acostumbrado, el impacto se haría sentir no sólo en los países
exportadores de commodities como la Argentina, Brasil y Australia, sino también
en Alemania y por lo tanto en los demás miembros de la Unión Europea, además de
Estados Unidos.
En los años que siguieron al colapso del banco de inversión Lehman Brothers y
el hundimiento de otros, los formalmente responsables del desastre se vieron
acusados de "contabilidad creativa", de ocultar el estado financiero
de las entidades detrás de una pantalla de estadísticas engañosas, aunque no
necesariamente falsas. Muchos sospechan que el régimen chino está obrando de la
misma manera, lo que, en vista de su naturaleza, es más que probable. Al fin y
al cabo, las dictaduras nunca se han destacado por su transparencia. Como
sucedía en la difunta Unión Soviética, los burócratas comunistas de todos los
niveles, desde los más humildes hasta los más eminentes, se sienten tentados a
exagerar el desempeño económico de las empresas, privadas o estatales, de su
propia área, de suerte que es comprensible que a juicio de los familiarizados
con la realidad china las estadísticas oficiales sean tan poco confiables como
las confeccionadas por el Indec.
Antes de ser nombrado primer ministro, Li Keqiang decía que, para monitorear la
marcha de la economía china, prestaba menos atención a las cifras globales
difundidas por el gobierno que a las relacionadas con el consumo de
electricidad, el transporte y el crédito. En base a tales índices, analistas
chinos disidentes estiman que la tasa de crecimiento auténtica es de
aproximadamente el 2% anual y que, tal y como están las cosas, la segunda
economía mundial podría precipitarse en una trampa deflacionaria parecida a
aquella en que cayó la japonesa, que durante mucho tiempo había ocupado el
mismo lugar en el ranking internacional. Desde hace un par décadas, la economía
japonesa está casi inmovilizada, aunque el primer ministro Shinzo Abe, cuyo
partido se anotó un triunfo holgado en las elecciones legislativas del domingo
pasado, se cree capaz de hallar una salida.
Aunque, por razones explicables, los funcionarios de gobiernos occidentales y
los técnicos de organismos como el Fondo Monetario Internacional son reacios a
cuestionar en público la veracidad de los números impresionantes difundidos por
las autoridades chinas, no podrán sino entender que les convendría tomarlos con
un grano de sal y prepararse para enfrentar la posibilidad de que al gigante
asiático no le haya sido dado mofarse de ciertas leyes económicas, para no
decir matemáticas, fundamentales. Nadie supone que los logros chinos resultarán
ser tan fantasiosos como los que se atribuían los camaradas soviéticos –durante
años, la URSS figuraba en el segundo puesto económico en todos los almanaques y
anuarios–, ya que la evidencia concreta muestra que su desarrollo reciente
dista de ser un mito, pero es concebible que no haya sido tan fenomenalmente
espectacular como harían pensar las estadísticas oficiales.
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